Burrocracia

Odio los tramites burocráticos. Ir de aquí para allá en busca de firmas, rogándole a Dios porque no se caiga el sistema (o porque no salgan con que se cayó el sistema, mientras suena el sonido de notificación de Facebook y accidentalmente suena el reproductor de video de Youtube) es de las peores experiencias en la vida. Experiencia que por obligación va a vivir una persona más de una vez a lo largo de toda su vida. Gente citada al especialista varios meses después de su muerte, autorizaciones vencidas y fechas lejanas son sólo una pequeña parte del panorama que, si no fuera gracias a la burocracia, no tendríamos la dicha o desgracia de apreciar.

Hay quienes se toman la travesía de ir de un extremo de la ciudad al otro como un safari, comiendo helado y divisando el gris paisaje lleno de cemento de la ciudad, otros que lo hacen como mera obligacion; y luego estamos nosotros: almas impacientes que sienten que esperar un turno haciendo fila es el equivalente a una tortura inquisitorial. Aunque razones no faltan.

El dia de hoy me encuentro escribiendo esto desde la sala de espera del batallón Pichincha o como sea que se llame, esperando mi turno para ser atendido. Hace 5 años, cuando tenía 15, mientras estaba en el colegio enviaron a un representante del batallón con el fin de adelantar los requisitos necesarios para la libreta militar. Naturalmente hice todo lo que pedían, y muy juiciosamente envié por medio de su portal web todos los documentos de soporte. 4 años después, me doy cuenta que no hicieron nada. No hay problema, pensé, por lo que me dispuse a buscar la página web para la definición de la situación militar y le di click al primer resultado. Pago un Internet de alta velocidad y no les voy a mentir, se demoró varios minutos en cargar la página. Dió error. Lo volví a intentar. Después de más de tres intentos, pude acceder. El mensaje de verificación de registro se demoró medio día en llegar a mi correo electrónico. No hay problema pensé. Vi el instructivo en la página y seguí el paso a paso: registré mis datos, subí mis documentos, validé mi información y envié la inscripción. Me volvió a dar error. Repetí todo el proceso. Se envió. Decía que en plazo máximo de 30 días hábiles calendario se me notificaría los pasos a seguir y se comunicarían conmigo en caso de necesitar información adicional o de requerir de algún soporte. Ha pasado un año. Tengo ya 20 años y no quiero que me cobren cinco millones de pesos de multa por ser remiso cuando en realidad nunca me han respondido. No sé si lo de los cinco millones sea verdad o una broma por parte del militar que está atendiendo.

Sigo entonces sentado escribiendo esto, deshogandome, porque poco más puedo hacer, mientras espero, sintiéndome de alguna u otra forma culpable, como si estuviera esperando algún tipo de condena, todo porque a algún idiota se le ocurrió que era buena idea obligar a la gente a ir a la guerra.

Llegó mi turno. Preguntan que porqué no hice esta diligencia antes, les explicó todo lo sucedido, mentándoles la madre mentalmente, el reclutador era demasiado amable como para insultarlo (eso y que no quiero terminar en un calabozo). Me dice que debo entregar tales y tales papeles. Adivinen qué: me falta uno, la cédula de mi madre. Voy a atención al ciudadano y hablo con la secretaria. Les hago un resumen: casi me escupe. Sé que estamos en el ejército y blah blah blah, pero el trato de esa secretaría fue inhumano, ninguno de los militares con los que me crucé en el batallón me trató así. El hecho es que tuve que salir a buscar ese papel en bombas, por lo que salgo a buscar junto con mi padrastro una sala de Internet para poder hacer esa vuelta. Después de caminar varias cuadras y seguir las indicaciones de una persona tras otra que me decían que era dos cuadras más adelante, llegamos a un cyber. Llamo a mi madre para que me mande ese papel pero para ya, y mientras esperamos, me como una arepa. Estaba tranquilo cuando repentinamente atrapan un muchacho que también se estaba comiendo una arepa, tan fea y desabrida como la que me dieron, y en medio del forcejeo casi me botan mi cafecito… por fortuna no le pasó nada a mi tinto, y unos sorbos después, llega el tan aclamado documento. Yo, como buen Importaculista que soy, me largué de la redada al pobre adicto que estaba comiendo arepa con 3 millones de pesos robados, al parecer la familia le había hecho una redada para internarlo en un centro de rehabilitación, detalles más detalles menos, no le di importancia. Estamos acostumbrados a que pasen este tipo de cosas regularmente, supongo.

Ya volviendo al batallón, paso por en medio de la cola de gente ya crecida debido a que ya era pasada la mañana; parecía una escena sacada de una película de zombies, con una horda de gente apoyada en las rejas para que la dejasen pasar, al puro estilo de The Walking Dead. Muestro los papeles y me dejan pasar por en medio de todos. 

Llegando otra vez a la casilla de atención al ciudadano, la misma secretaria que me había atendido mal se escucha mucho más jovial, quién sabe qué cosas habrá hecho con el sargento mayor que cambió tanto, en fin. Entrego los papeles y me largo. Espero nunca volver. Hasta el día que me toque volver...

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